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martes, 26 de febrero de 2013

Awakening


El Beso, Gustav Klimt
La luz se filtraba por las ranuras de las persianas cuando Silvia abrió los ojos despacio, aún atontada por el sueño. Las caricias en la espalda le hacían cosquillas y la habían despertado.  Estaban enroscados el uno en el otro, agotados aún después de haber pasado la noche entera amándose, sintiéndose, descubriéndose sin prisa, con pausas que aprovechaban  para explorar lentamente cada rincón de sus cuerpos.
Mario había cuidado cada detalle. El corazón no paró de latirle con fuerza desde que entró por la puerta y el nudo en el estómago no había forma de deshacerlo. Estaba llena de emoción, pero al mismo tiempo muy cómoda. Él hacía que todo pareciera muy fácil, que dejarse llevar no fuera un problema.
 Después de su separación con Daniel nunca pensó que volvería a sentirse así con nadie. -No me hagas esto Dani, no me dejes- le rogaba los primeros días después de que él confesara que ya no la quería.  La noche que le vio salir por la puerta con sus cosas supo que nunca iba a poder querer  a nadie como le quería a él. Esa mañana lo estaba empezando a dudar.
-         Buenos Días dormilona- le susurró Mario al oído, haciéndole cosquillas una vez más.
-         Dormir, dormir, lo que se dice dormir no he dormido mucho – contestó ella con una sonrisa cómplice.
        Pasaron la mañana en la cama; sólo se levantaron a la hora de comer para reponer fuerzas con unos Kebap que habían pedido por teléfono. No iban a perder tiempo cocinando ese día. Salió de casa de Mario a las 7 de la tarde, después de una siesta, si cabía, más espectacular que la noche anterior. Volando entre las nubes y esquivando algún edificio que otro llegó a su estudio de la Calle Barbieri. Tenía una hora para arreglarse. Había quedado con las chicas que ya la habían waseado varias veces pidiéndole  detalles. Abrió el grifo  para que fuera saliendo el agua caliente. Justo antes de meterse  en la ducha la imagen de una mujer de belleza hasta ese momento desconocida le devolvió la mirada desde el otro lado del espejo. 
-Si Silvia- se dijo sonriendo -esa eres tú. 


viernes, 22 de febrero de 2013

Lecciones



El Jardín, Joan Miró

 “Me pregunto qué se siente al ser adulto”. Una de tantas frases con las que mi hija de 9 años me deleita día a día. Y ahí voy yo, corriendo, cual gallo inflado de orgullo a ponerlo en mi muro de Facebook  para compartir  ese momento.
Acto seguido, mi niña me reprende –una vez más- por estar trasteando con el iPad a la hora de la cena. No le gusta nada y me lo hace saber, porque claro, si estoy  metida en cualquier red social, waseando o navegando por  la red en ese momento,  no le hago mucho caso ni a ella ni a su hermana en uno de los pocos ratos que tenemos para estar juntas.
“La vida sería mucho mejor sin tecnología” me dice poniendo los ojos en blanco y suspirando.  Es ahí cuando empiezo a menguar y a ruborizarme ante la lección de saber estar que me da mi propia hija, 26 años menor que yo. Para justificarme –aunque no tengo excusa – le cuento lo que estoy haciendo, esperando que le haga ilusión y que así se le pase un poco la decepción que tiene conmigo por no estar prestándole mucha atención. “¿Pues sabes lo que hago con el iPad cariño? Estoy poniendo en Facebook la frase que me acabas de decir”.
No reacciona como yo espero: contenta, ni dicendo “Qué guay Máma, has hablado sobre mí en Facebook”. No, ni mucho menos. A cambio, me vuelve a echar la bronca: “¡Mamaaaa!!! ¡¡¡Jolín, que yo tengo mi intimidad!!. Intento explicarle que no pasa nada, que sólo he puesto lo que  ha dicho porque estoy muy orgullosa de ella y de muchas de las cosas que dice. “Son  comentarios muy inteligentes para tu edad Sara, por eso los comparto” le digo. “Ya Mama, pero es MI intimidad”, vuelve a insistir. Así que bajo la cabeza y me rindo porque tiene toda la razón del mundo.  Mi niña me ha dado una lección. Y eso me hace sentirme aún más orgullosa. Así que a partir de ahora, cada vez que vaya a poner algo sobre ella en Facebook le pediré permiso. Se lo ha ganado con creces, por recordarme que hay que respetar y proteger la intimidad de los demás. Sobre todo la de los niños. Sobre todo la de nuestros hijos.  

jueves, 21 de febrero de 2013

El Sol Vuelve a Salir



“¡Ay Madre, que al final le he dicho que sí ¿¡ Qué he hecho?!”  El pánico de repente se apoderó de ella.. “¿Y si no sale bien? ¿Y si al final nos gustamos mucho –porque a mí ya me gusta muchísimo -  ¿y si  me acabo enamorando?”.
Silvia no podía creer que al día siguiente fuera  a cenar a casa de Mario.  Hacía tres  meses que  le conocía,  desde que la contrataron en la revista. La química fue instantánea, y poco a poco había ido creciendo. No sabría decir cuándo, pero llegó un momento en  empezó a vestirse para él, a maquillarse con más cuidado para que Mario la viera guapa, a mirar cada cinco minutos hacia la puerta cuándo se acercaba su turno. Lola le había contado que perdió a su novia en un accidente hacía año y medio.
-Y ¿Cómo lo lleva?- le preguntó Silvia a su compañera.
-Ahora un poco mejor – respondió Lola. –Pero al principio pasó un infierno. Cogió una baja por depresión y luego parece que se refugió en el trabajo. El caso es que de unas semanas para acá parece que vuelve a ser el mismo, sobre todo cuando está contigo – le dijo guiñándole el ojo y dándole un golpecito con el hombro.
-¡Anda ya!¡¿Qué dices?-contestó Silvia ruborizada.
 A lo mejor era verdad y no se lo estaba imaginando. Si Lola también se había dado cuenta, igual sí que le gustaba  un poco a Mario. Cada vez había más señales. Y hace unos días, llegó la definitiva: hablando del japonés nuevo que habían abierto en  Chueca, Mario se lanzó:
-Tienes que probar el sushi que hago. Soy una máquina. Cuando te venga bien te vienes a casa y te lo demuestro. –le dijo sonriendo. 
- Ten cuidado que a lo mejor te digo que sí Mario. – ella misma se sorprendió de la respuesta. “¿Qué estoy haciendo? Me voy a enganchar, me voy a enganchar a este chico y no quiero, otra vez no”.
- El sábado a las 9 y media. No hagas planes, y no me digas que ya tienes que sólo es martes. Te mando un Whatsapp compartiendo la ubicación – fue muy rápido de reflejos.
-No sé. Es que le había dicho a una amiga que igual íbamos al cine. – fue lo primero que se le vino a la cabeza. El miedo a lo que pudiera pasar la estaba haciendo recular.
-Bueno, pues vais el domingo. Mira, hacemos una cosa: el viernes me lo confirmas para que me dé tiempo a hacer la compra ¿vale? Ya me dirás- concluyó Mario sacándola del atolladero. 


Aquella semana se le hizo eterna a Silvia; no se atrevía a dar el paso, pero por si acaso, el miércoles se fue a depilar, el jueves se hizo las cejas, se compró un vestido nuevo y pidió cita en la peluquería para el sábado por la tarde. El viernes a la  una de la noche, cuando se iba a meter en la cama y no le quedaban más uñas que comerse le mandó el Whatsapp que lo cambiaría todo: “Vaale! Mañana a las 10 en tu casa, a ver si es verdad que el sushi te sale tan bien como dices. Llevo el vino. Un besito”.



martes, 12 de febrero de 2013

Confesiones



La Virgen.  Gustav Klimt
               Uno de los momentos que más disfruto  de los encuentros con mis amigas son las conversaciones de sexo. Entre otras cosas porque la risa está asegurada. Por descontado. Hace un par de días quedamos para cenar y tomar algo. Después de un par de botellas de vino –salvo alguna que le da más a la Sidra-, los chupitos imprescindibles para digerir la cena, y algún mojito que otro, la conversación empezó a pasar de interesante a hilarante. Mi amiga P. tuvo mucho que ver  al contarnos cómo su chico se vuelve loco cuando ella le hace el Makelele.
-Tía pero ¿Qué me estás contando?- le pregunté yo sin poder reprimir una carcajada. –Makelele jugaba en el Madrid.
Y no, no busquéis en Wikipedia a ver si sale algo más: el único resultado que he encontrado es la biografía del ex futbolista francés. Resulta que la técnica consiste en sentarse encima de tu pareja y moverse de todas las formas  posibles con mucha rapidez y brusquedad, incluyendo algún cambio de dirección inesperado, hasta que se consigue su éxtasis total. Algo que, por lo que nos contó, está garantizado en muy poco tiempo.
Del Makelele y sus diferentes versiones pasamos a  los juguetes sexuales y a comentar el partido o poco partido que le hemos sacado a  todos los artilugios adquiridos en nuestra última reunión de tuppersex. La palma se la lleva L. que tiene aún a  su “Paco”   – un consolador negro de tamaño descomunal –sin estrenar, recluido en el último cajón de su armario. -Eso sí- nos dice levantando la mano y cerrando los ojos mientras coge aire  - la crema esa de frío y calor que te untas en la “pepitiña” sí que me la pongo. Me la dio V porque no la usaba.
Más risas. Y como no, enseguida aparece la estrella de todas las conversaciones eróticas que se precien. El sexo oral.
-A mí no te creas que me hace mucha gracia cuando me lo hacen-dijo D. Todas la miramos con los ojos como platos.
-¿Queeeeee diiiiices D?- exclamó L. Si cuando bajan al pilón  es lo mejor que hay.  Eso es porque eres más vaginiana que clitoriana.
-Será eso tía. El caso es que a mí sí me gusta hacérselo- contestó D.-  Pero yo necesito penetración. Si no, no llego.
-Pues yo lo paso fatal cuando toca Karaoke - confesó J.
-¿Y eso?- le pregunté yo, intrigada.
-Porque aguanto muy poco. Se ve que tengo la mandíbula como desencajada o algo y me canso enseguida.
Cuando nos recuperamos del ataque de risa colectivo y el flato nos dejó volver a hablar abrimos un debate sobre los tipos de orgasmos que hay y P se quedó boquiabierta con la capacidad de llegar al clímax de N, que nos contó cómo ella normalmente no bajaba  de los 4. También descubrimos que a pesar de ser multiorgásmica, el  69 no le pone nada. Momento, eso sí, de alivio colectivo, porque ahí  hubo consenso. Algo que no acabo de entender dada la capacidad innata que tenemos las mujeres para hacer dos cosas a la vez.
-Yo es que no puedo de verdad- dijo N moviendo la cabeza de un lado a otro. - Si hay que hacerlo pues lo hago, porque a él le pone malo, pero es que no hay manera, no me centro ni en una cosa ni en la otra.
Salimos del pub irlandés donde estábamos ya camino a casa renovadas de tanto reír. Fue una noche para recordar. La verdad es que cuando estamos juntas  hablamos prácticamente de todo. Pero  casi siempre las conversaciones acaban siendo de sexo de alguna u otra forma. A lo mejor resulta que las teorías de  Freud eran ciertas y todo tiene una motivación sexual.  A lo mejor simplemente tenemos las hormonas muy alteradas. En cualquier caso es una lástima que Makelele ya no esté en activo .O no. 

miércoles, 6 de febrero de 2013

Back to the Start


Seguía sin soportarlo. Habían  pasado ya dieciocho meses desde que se fue, pero aún no era suficiente para aguantar el dolor cada vez que le veía con ella. Intentaba  ser comprensiva y pensar que era normal, que en algún momento Mario tenía que rehacer su vida y  pasar página después de su marcha.
Llevaba ya algunas semanas viéndole diferente. Cada vez lloraba menos. Estaba mejor, mucho mejor. Todo eso calmaba a Paula; ver a Mario sufrir por su culpa sin poder hacer nada por ayudarle era muy duro. Hasta que empezó a darse cuenta de que si estaba mejor era porque la estaba olvidando. “Que jodido el tiempo. Lo cura todo” se decía a sí misma con tristeza.
-Lo siento Paula- solía decir en voz alta cuando estaba solo. Era una locura; pero tenía la sensación de que ella le podía escuchar, de que estaba ahí con él  –Te sigo queriendo; nunca podré dejar de hacerlo. Pero me siento muy bien cuando estoy con ella y necesito volver a estar vivo.
-Estoy aquí Mario, ¿no me ves? Estoy aquí mi amor. ¡SOY YO JODER! No me hagas esto, no me he ido aún, no puedo irme porque allí no estás tú-  gritaba en silencio una y otra vez. Aún le resultaba insufrible que él no la pudiera ver. No poder sentirle era una tortura constante, demasiado cruel.
“¿Y ahora qué?” se preguntaba “¿Qué va a pasar conmigo si la dejas entrar en tu vida? Ya no vendrás a mí, aunque te espere.”. Eso era lo que más la aterraba.  Hasta ese momento había sabido que algún día podrían volver a estar juntos. Ella le iba a esperar, iba a estar ahí cuando llegara el momento para él. Pero ahora todo esto estaba cambiando. Mario estaba enamorándose de otra mujer. Y había vuelto a sonreír, como sonreía cuando se conocieron  y Paula supo que se amarían siempre.
-Shhh… tranquila mi niña, estoy aquí, ven conmigo- la voz de su padre de repente la inundó de paz. – Tienes que dejarle ir. Tu sitio ya no está aquí, ya no está con él.
-¿Por qué Papá? ¿Por qué me ha tenido que pasar esto? No era mi hora, no me tocaba aún. –
- Nunca lo es mi amor – le contestó su padre mientras la abrazaba con fuerza.

 Había llegado el momento. Tenía que aceptarlo. A Mario le quedaba mucho por vivir aún, y no lo iban a hacer juntos. Quizás la verdadera muerte era esa. Tener que irse sin él. Saber que cuando él cruzara no la buscaría a ella porque ya estaba viviendo otro amor. Porque ya no era su Paula.
Se sentó en la cama junto a él, como cada noche desde el accidente.  Le acarició las mejillas y le besó en los labios. – Ahora sí que me voy mi amor- le susurró al oído. –Adiós.
-¿Paula?-gritó Mario despertándose sobresaltado. La había sentido, había sentido su mano sobre su cara, sus labios en los suyos, su voz despidiéndose.  “Debo de estar volviéndome loco”.  Miró el móvil para ver qué hora era. Las dos de la mañana. Silvia le había mandado un whatsapp hacía una hora: “Vaale! Mañana a las 10 en tu casa, a ver si es verdad que el sushi te sale tan bien como dices. Llevo el vino. Un besito”. Sonrió.  Por primera vez en mucho tiempo fue la emoción lo que no le dejó volver a dormirse.