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lunes, 8 de abril de 2013

In the Time of The Butterflies




    Patria, Minerva y María Teresa. Así se llamaban las tres hermanas asesinadas a golpes por el régimen del dictador dominicano Rafael Trujillo el 25 de noviembre de 1960. Las hermanas Mirabal. Las Mariposas. Unas heroínas para el pueblo dominicano y para muchos conocedores de la turbulenta historia de América Latina. Unas desconocidas para la gran mayoría al otro lado del Atlántico. Pocos saben que la efeméride de su asesinato fue elegida como fecha para el Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer.
    En el Tiempo de las Mariposas es una novela publicada en 1994 por la dominicana Julia Álvarez. Sus páginas narran la historia de estas tres mujeres a través de los ojos de Dedé, la superviviente, la que ha dedicado buena parte de su vida a mantener viva la memoria de sus hermanas.
    La lucha de las mariposas por librar a  la República Dominicana de la terrible tiranía de Trujillo  las llevó a ser asesinadas cuando tenían 36,35 y 26 años. Entre las tres dejaron  huérfanos a seis hijos y a todo un país que veía en ellas una esperanza. Por eso eran tan peligrosas para el dictador. Por eso las mandó matar.  
     La novela tiene gran valor como relato histórico. Pero va más allá: toca el alma de quien tiene la suerte de leerla. Quizás porque la mirada limpia y el coraje de las mariposas están muy presentes durante todo el relato. Quizás porque la historia de estas tres mujeres extraordinarias que no se resignaron a la injusticia ni a la tiranía se queda grabada en la conciencia, y no se va.  
    Su valentía ayudó mucho a que los dominicanos  poco a poco le fueran perdiendo el miedo al despiadado régimen de terror presidido por Trujillo. El asesinato de las hermanas supuso el principio del fin para el sanguinario dictador. Seis meses después de que encontraran los cuerpos de las mariposas, Trujillo era ajusticiado por un grupo de hombres que actuaron, según muchos historiadores, movidos por el crimen de las Mirabal.
   Respeto, admiración infinita y gratitud. Mucha gratitud. Es lo que te queda cuando, tras recuperarte de la tristeza, terminas de leer la historia de Patria, Minerva y María Teresa. Es lo que me ha quedado a mí.






miércoles, 3 de abril de 2013

La Valentía de "Homeland"


Hace un par de meses un amigo me recomendó que viera Homeland.
-¿De qué va? -le pregunté con un poco de corte por no haber oído hablar de ella.  
-Tú la ves, y luego ya si eso me dices si te mola; mejor no te cuento nada- me soltó tan pancho, dejándome con más curiosidad aún.  
     Y hasta hoy. La primera y la segunda temporada del tirón. Noche que he tenido libre, noche que han caído dos o, alguna vez, tres capítulos seguidos. Tampoco es plan de pasar la noche en vela por aquello de las responsabilidades familiares y laborales.
       Brutal.  Me ha parecido sencillamente brutal. Mira que venía de ver el final de la tercera temporada de Boardwalk Empire, que me había dejado una sensación  de vacío. Como cuando terminas un libro que te marca mucho y esperas unos días para empezar el siguiente. Por respeto al que acabas de terminar.  Manías que tiene una.

       No es sólo el ritmo narrativo impecable con el que el director te mantiene alerta los 50 minutos de cada entrega, ni una trama que ya quisieran muchas películas de espionaje; ni la capacidad  asombrosa de sorprender con giros inesperados en el guion; ni siquiera la empatía que muchas veces se establece con personajes a los que deberías odiar en muchos episodios. Todas esas razones son más que suficientes para haberla convertido en  una de las series revelación de los últimos años.

                       

     Su verdadero mérito es atreverse a enseñar al público estadounidense -y por extensión al resto del público occidental-  las miserias de “la guerra contra el terrorismo” que comenzó hace más de una década con el atentado de las torres gemelas.
     Vale, sí, lo hace bajo la capa de protección de una supuesta ficción. Pero ¿acaso alguien duda que la CIA  o el Pentágono hayan ordenado ataques (sean o no con “drones”) a sabiendas de que iban a causar bajas civiles? ¿Qué diferencia hay entre las víctimas inocentes causadas por un terrorista en un tren de Madrid y los niños que mueren en una madraza bombardeada?
       Hay que  echarle valor para poner a la misma altura moral a la cúpula de la CIA y a la de Al Qaeda. Por muy serie de “ficción” que sea, hay que atreverse a retratar al jefe del espionaje yankee como un personaje que no duda en sacrificar niños si así consigue cargarse al Bin Laden de turno. Si encima el individuo acaba convirtiéndose en uno de los candidatos con más tirón para ocupar la Casa Blanca, apaga y vámonos.
     Por si  todo esto fuera poco, su sucesor es capaz de planificar un asesinato con tal de que no se sepa y el caso le salpique a él. De paso  si a alguien  de los suyos se le ocurre intentar impedirlo se le quita de en medio. Así, sin más.
      Homeland  nos muestra una guerra contra el terror en la que no hay  un bando bueno, sino dos bandos malos dispuestos a sacrificar inocentes en aras de derrotar al enemigo.
    Si además de reflejar sin tapujos la guerra sucia con la que Occidente ha traicionado los principios que dice defender, los creadores  consiguen que no pestañees y que te quedes sin uñas de la emoción, el resultado es una serie -creo que ya lo he dicho- sencillamente brutal.