Follow by Email

sábado, 28 de marzo de 2015

Desolación

       Mi madre acaba de llamar al homeópata de Lérida que me ha estado tratando las cinco semanas que he estado allí para ponerle al día. Desde la habitación saco las pocas fuerzas que tengo para pedirle que cierre la puerta; no quiero oír lo que dicen, al menos no ahora. Han sido tres semanas de dolores insoportables, de sobredosis de calmantes, de no poder ni andar diez metros sin parar porque la fatiga no me deja, visitas a urgencias, sesiones de radioterapia, conversaciones con mi oncólogo que me han dejado hundida, días y días enteros en la cama, momentos en los que ya no ves la esperanza, pesadillas en las que me despido de todos, sueños en los que le explico a una mujer que va a ocupar mi lugar todo lo que tiene que saber para ocuparse de las niñas. Demasiado para un alma, demasiado para la mía después de lo convencida que estaba de que volvería como un roble a casa.
-¡¡Mamá!!!  -gritaron las dos al unísono mientras se abalanzaban sobre mí  al verme aparecer por la puerta.
No poder apenas respirar no me impidió comérmelas a besos y abrazarlas hasta que Claudia se separó y me miró a los ojos sonriendo, ilusionada, como si esperara el regalo más especial que le fueran a hacer jamás.
-Mamá, ¿te has curado ya?
Me repitió la pregunta al ver cómo se me humedecían los ojos  y tragaba saliva.
-Aún no cariño, pero lo importante es que ya estoy en casa.
-Entonces si no te has curado te volverás a ir–empezó a sollozar mientras se le iba borrando la sonrisa de la cara.
Mis brazos y mi promesa de que no me iba a volver a ir la consiguieron calmar. A mí no.
-A ver Doctor, a mí no me da miedo morir, si me muero, pues me muero. Pero es que no puedo morirme, ¿no lo entiende? No puedo, de ninguna manera.  Tengo dos niñas que me necesitan, no les puedo hacer eso a mis hijas.- Empecé mi respuesta muy serena después de que el oncólogo me hubiera puesto al día tras ver los resultados del TAC de urgencias que me tuvieron que hacer:
-Aleida, me temo que no tengo buenas noticias: el cáncer ha avanzado notablemente en hígado, pero sobretodo en los pulmones. De ahí la tos, el cansancio y la fatiga que no te deja apenas moverte. El panorama que tenemos delante es muy negro. Sin tratamiento estamos hablando de unos pocos meses. Con tratamiento no te podemos decir, depende de cómo respondas porque te pondríamos uno nuevo y aún no sabemos si va a ser efectivo. En cualquier caso recuerda que siempre estamos hablando de efectos paliativos.
Cuando llegué a la parte en la que tengo dos niñas la serenidad  me dijo “ahí te quedas bonita” y me derrumbé como una niña.
 -No lo entiendo,  esto  no tiene sentido, más de lo que hago no puedo hacer, dieta, homeopatía, siempre he sido una tía sana, sin excesos de ningún tipo, deportista en los últimos años, sin antecedentes en mi familia, no lo entiendo, no puede ser, no puede ser, no puede ser, esto no puede estar pasando, esto no…
-Eh, eh, eh, venga, tranquila cariño – se saltó la barrera médico-paciente para cogerme la mano y tranquilizarme.  –Por ahí no vayas Aleida, no busques respuestas porque no las hay, no las vas a encontrar y sólo te vas a hacer más daño. Esto es así, viene, sin más, nadie sabe por qué. Hoy le he tenido que decir a una niña de veintiún años que le quedan dos meses de vida por un cáncer de mama, que en la mayoría de los casos se cura, pero en el suyo no. Veintiún años, Aleida… ¿Qué le digo yo a esa chica? ¿Qué la vida es una putada?
Nunca le he visto tan conmovido, tan cercano, tan grande como médico y como persona, y nunca me he alegrado tanto de que sea él mi oncólogo.
-
-Dios…. ¿cómo lo aguantáis Doctor? ¿Cómo podéis soportar esto día tras día? –Seguía hablando entre lágrimas, las mismas que él y su secretaria se aguantaban, incapaces en ese momento de mantenerse al margen de una realidad arrolladora a la que de vez en cuando, en medio de la vorágine del día a día, como ahora, se veían obligados a parar y  mirar de frente. No hallé respuesta, así que seguí pensando en voz alta mientras negaba con la cabeza con la mirada perdida –Si al menos creyera en algún dios, en algún santo, podría rezar.
Tras serenarme un poco quedamos en vernos en unos días, después de  la sesión de radioterapia con la que intentarían reducirme el tumor de la tibia para al menos paliar un poco los dolores de la pierna que tanto me martirizan. En nuestra siguiente visita tendría que firmar el consentimiento de la nueva quimio  y me explicaría un poco los efectos de los nuevos fármacos.
Cuando me aseguré de que no quedaba ningún rastro en mi cara que diera pistas sobre lo que acababa de pasar en la consulta me armé de valor para salir. No me sirvió de nada. Allí estabais: tú  mirándome, sonriendo con los ojos llenos de esperanza y  mi madre con la mirada medio iluminada y ansiosa por escuchar buenas noticias.  Las piernas me flaquearon y no necesitasteis más para levantaros a cogerme, antes de que llegara al suelo mientras estallaba en llanto una vez más. Ahora os lo tenía que contar, a vosotros, a todos. No pude, ese día no.
-Sacadme de aquí por favor –fueron las únicas palabras que pudieron salir de mi garganta.  


miércoles, 4 de marzo de 2015

Volver

Entre mis pensamientos y el silencio que hay en el coche no me he dado cuenta de que ya hemos llegado a la estación de Tarragona. Aún falta media hora para que salga el tren, así que aprovechamos para hacernos el enésimo selfie del fin de semana. Hace apenas dos días mis peques hacían el camino a la inversa, emocionadas porque nos íbamos a ver después de llevar dos semanas separadas. Por eso y porque viajaban en AVE por primera vez claro.
-Mamá, mamá!!! – Claudia estaba eufórica el día antes de venir cuando las llamé. 
–¿Sabes qué?? ¡Vamos a montarnos en el tren más rápido del munnnnndo!
-Halaaaa...., ¡¡¡Quéeeee morro tenéis!! Yo quieroooo ¿¿De verdad que es el más rápido??
-Síiiii y encima  dice papá que ¡¡¡van a  poner una  peli!! Y que ¡¡hay un bar dentro!!
 Abrazos, besos, “te quieros”, “jo mamas”, hacerlas ir de la risa al bochorno mientras  bailo la última de Katy Perry, darles algún capricho, ver cómo se dan cuenta de que esta vez no quiero ser el poli malo y se aprovechan para pedirme más, dárselo, peinarlas, ver cómo se enfadan, Sara porque dice que es muy mayor y se quiere peinar ella, Claudia porque le doy tirones, olerlas, dormir con mi peque aunque no consiga pegar ojo por las patadas que me da, verlas aparecer en la cocina despeinadas y restregándose los ojos por las mañanas, prepararles el desayuno, ver como resoplan y ponen los ojos en blanco cuando les mando lavarse los dientes, volver a decirle veinte veces a Claudia que no ande descalza para que al final no me haga caso y le tenga que poner yo las zapatillas, limpiarle la cara porque es incapaz de comerse el donuts de chocolate sin ponerse perdida, escucharlas refunfuñar que no hace tanto frío mientras les pongo bufanda y gorro, ir a Zara a comprarle el regalo a su padre y ver cómo Sara protesta por aburrirse como una ostra, mandarla a buscar a su hermana que, como siempre, se ha ido a la sección de mujer a probarse los zapatos con más tacón que encuentre, aunque sean diez números mayor que el suyo, escuchar decir  a Sara  una vez más “Esta niña es una pesada”, sonreír por dentro mientras veo que Claudia se defiende muy bien sola, “no, yo no, tú eres la pesada”,  ponerme muy seria por fuera mientras digo “Vale ya chicas, se acabó, no quiero oír ni mu”, volver a ser madre, volver a ser yo, todo ello, ellas, me han hecho olvidarme de que estoy enferma, de que me he tenido que ir cinco semanas de casa para intentar curarme, o al menos, para intentar ganar algo de tiempo.

Los minutos van pasando y ya tienen que bajar al andén. Es el momento más duro, porque no quiero que se vayan, porque no se quieren ir, porque aún faltan tres semanas para volver a casa y porque no puedo llorar, no delante de ellas, las tengo que consolar y decir alguna payasada para que se rían. Nos abrazamos, mucho, muy fuerte y durante todo el tiempo que podemos, las beso, mil veces, en los ojos, en la frente, en las mejillas, con beso chino como le gusta a Claudia, hasta que al final las suelto con todo mi dolor, siendo egoísta, porque sé que estoy mucho mejor con ellas, aunque me enfade mil veces al día, porque si me faltan estoy desubicada, incompleta, porque hasta dentro de quince días no vuelven otra vez y me esperan por delante muchas noches de un dolor profundo, de ese que no puede aliviar la morfina.
Me voy al balcón para poder verlas en el andén mientras llega el tren. Y lo que siento al llegar allí es desgarrador. Las dos me tiran muchos besos y las dos lloran, Claudia  como la niña de seis años que  es, triste porque quiere que mamá vuelva a casa con ella; Sara lo hace con sus ojos aún de niña, pero con la tristeza y el desconsuelo de un adulto. Estamos lejos y como no pueden ver mis lágrimas me pongo a hacer muecas con las manos y a sacarles la lengua para hacerlas reír un poco. Lo consigo, aunque solo sea  el minuto que tarda el tren en aparecer en la vía, hasta que por fin suben a su vagón, después de tirarme más besos y de llevarse los puños al pecho izquierdo como cada vez que nos decimos sin palabras que nos queremos.
De mis entrañas sale un quejido sordo, ahogado, gutural, porque se van, pero porque lo que estoy contemplando es una visión cruel de lo que ocurrirá si no logro vencer: yo, desde arriba, atrapada en un lugar en el que no quiero estar y del que no puedo escapar,  mis hijas  desconsoladas, cogiendo un tren para vivir su vida sin mí, acompañadas por su abuela porque yo ya no puedo ir con ellas.
 –Eso no va a pasar cariño –me dice mi padre un rato más tarde, cuando en el coche le confieso lo que sentía que estaba viendo.
–Ya lo sé papa –le intento tranquilizar y convencerme a mí misma. Pero la verdad es que no lo sé. Así que tendré que hacer todo lo posible para que la visión se quede sólo en una versión de la visita del fantasma de las navidades futuras en Cuento de Navidad. A lo mejor sólo ha sido un  aviso de lo que puede pasar si bajo los brazos y me deprimo.
Cuando llego a la consulta de Manel no hace falta que le cuente nada.
–¡Madre mía criatura! –exclama al verme –¡cómo vienes hoy! Anda, túmbate…a ver si podemos hacer algo.