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miércoles, 4 de marzo de 2015

Volver

Entre mis pensamientos y el silencio que hay en el coche no me he dado cuenta de que ya hemos llegado a la estación de Tarragona. Aún falta media hora para que salga el tren, así que aprovechamos para hacernos el enésimo selfie del fin de semana. Hace apenas dos días mis peques hacían el camino a la inversa, emocionadas porque nos íbamos a ver después de llevar dos semanas separadas. Por eso y porque viajaban en AVE por primera vez claro.
-Mamá, mamá!!! – Claudia estaba eufórica el día antes de venir cuando las llamé. 
–¿Sabes qué?? ¡Vamos a montarnos en el tren más rápido del munnnnndo!
-Halaaaa...., ¡¡¡Quéeeee morro tenéis!! Yo quieroooo ¿¿De verdad que es el más rápido??
-Síiiii y encima  dice papá que ¡¡¡van a  poner una  peli!! Y que ¡¡hay un bar dentro!!
 Abrazos, besos, “te quieros”, “jo mamas”, hacerlas ir de la risa al bochorno mientras  bailo la última de Katy Perry, darles algún capricho, ver cómo se dan cuenta de que esta vez no quiero ser el poli malo y se aprovechan para pedirme más, dárselo, peinarlas, ver cómo se enfadan, Sara porque dice que es muy mayor y se quiere peinar ella, Claudia porque le doy tirones, olerlas, dormir con mi peque aunque no consiga pegar ojo por las patadas que me da, verlas aparecer en la cocina despeinadas y restregándose los ojos por las mañanas, prepararles el desayuno, ver como resoplan y ponen los ojos en blanco cuando les mando lavarse los dientes, volver a decirle veinte veces a Claudia que no ande descalza para que al final no me haga caso y le tenga que poner yo las zapatillas, limpiarle la cara porque es incapaz de comerse el donuts de chocolate sin ponerse perdida, escucharlas refunfuñar que no hace tanto frío mientras les pongo bufanda y gorro, ir a Zara a comprarle el regalo a su padre y ver cómo Sara protesta por aburrirse como una ostra, mandarla a buscar a su hermana que, como siempre, se ha ido a la sección de mujer a probarse los zapatos con más tacón que encuentre, aunque sean diez números mayor que el suyo, escuchar decir  a Sara  una vez más “Esta niña es una pesada”, sonreír por dentro mientras veo que Claudia se defiende muy bien sola, “no, yo no, tú eres la pesada”,  ponerme muy seria por fuera mientras digo “Vale ya chicas, se acabó, no quiero oír ni mu”, volver a ser madre, volver a ser yo, todo ello, ellas, me han hecho olvidarme de que estoy enferma, de que me he tenido que ir cinco semanas de casa para intentar curarme, o al menos, para intentar ganar algo de tiempo.

Los minutos van pasando y ya tienen que bajar al andén. Es el momento más duro, porque no quiero que se vayan, porque no se quieren ir, porque aún faltan tres semanas para volver a casa y porque no puedo llorar, no delante de ellas, las tengo que consolar y decir alguna payasada para que se rían. Nos abrazamos, mucho, muy fuerte y durante todo el tiempo que podemos, las beso, mil veces, en los ojos, en la frente, en las mejillas, con beso chino como le gusta a Claudia, hasta que al final las suelto con todo mi dolor, siendo egoísta, porque sé que estoy mucho mejor con ellas, aunque me enfade mil veces al día, porque si me faltan estoy desubicada, incompleta, porque hasta dentro de quince días no vuelven otra vez y me esperan por delante muchas noches de un dolor profundo, de ese que no puede aliviar la morfina.
Me voy al balcón para poder verlas en el andén mientras llega el tren. Y lo que siento al llegar allí es desgarrador. Las dos me tiran muchos besos y las dos lloran, Claudia  como la niña de seis años que  es, triste porque quiere que mamá vuelva a casa con ella; Sara lo hace con sus ojos aún de niña, pero con la tristeza y el desconsuelo de un adulto. Estamos lejos y como no pueden ver mis lágrimas me pongo a hacer muecas con las manos y a sacarles la lengua para hacerlas reír un poco. Lo consigo, aunque solo sea  el minuto que tarda el tren en aparecer en la vía, hasta que por fin suben a su vagón, después de tirarme más besos y de llevarse los puños al pecho izquierdo como cada vez que nos decimos sin palabras que nos queremos.
De mis entrañas sale un quejido sordo, ahogado, gutural, porque se van, pero porque lo que estoy contemplando es una visión cruel de lo que ocurrirá si no logro vencer: yo, desde arriba, atrapada en un lugar en el que no quiero estar y del que no puedo escapar,  mis hijas  desconsoladas, cogiendo un tren para vivir su vida sin mí, acompañadas por su abuela porque yo ya no puedo ir con ellas.
 –Eso no va a pasar cariño –me dice mi padre un rato más tarde, cuando en el coche le confieso lo que sentía que estaba viendo.
–Ya lo sé papa –le intento tranquilizar y convencerme a mí misma. Pero la verdad es que no lo sé. Así que tendré que hacer todo lo posible para que la visión se quede sólo en una versión de la visita del fantasma de las navidades futuras en Cuento de Navidad. A lo mejor sólo ha sido un  aviso de lo que puede pasar si bajo los brazos y me deprimo.
Cuando llego a la consulta de Manel no hace falta que le cuente nada.
–¡Madre mía criatura! –exclama al verme –¡cómo vienes hoy! Anda, túmbate…a ver si podemos hacer algo.  


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